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Visión folclórica | Museu de la Patum de Berga

Visión folclórica

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Descripció: 

Las comparsas de la Patum, tienen su origen en las manifestaciones rituales paganas de carácter agrario, ganadero y solar que han practicado las culturas antiguas desde tiempos remotos. Sus entremeses conservan pervivencias de primigenias prácticas paganas dedicadas al fuego, a divinidades vegetales y animales. Estas celebraciones rituales, tras un proceso de cristianización, encontraron en el contexto de la procesión religiosa del Corpus Christi, el marco idóneo para su supervivencia, continuidad y evolución en el tiempo hasta la actualidad.

Ampliació: 

El origen de la comparsería de la Patum de Berga con toda probabilidad, no es cristiano. El contexto religioso del Corpus Christi fue el marco idóneo que aglutinó y unió a toda una serie de prácticas rituales paganas que existían desde tiempos remostos, en forma de entremeses parateatrales. La Iglesia Católica, tal y como apunta la folklorista Bienve Moya, utilizó gran parte del imaginario festivo animal y vegetal existente en las prácticas y ceremonias populares de carácter agrícola y ganadero para transformarlas en herramientas de introducción de su doctrina en el pueblo (ya que) es difícil crear un sistema nuevo de comunicación que no tenga antecedentes en otros sistemas que le hayan precedido (Amades, 1983:7).

Con la irrupción del cristianismo, todos aquellos rituales religiosos populares relacionados con las prácticas agrícolas y ganaderas, fueron asimilados por la Iglesia, quien las readaptó para así homogeneizar a la población con una lectura más fácil para la mayoría (Amades, 1983:7). Así de este modo, la institución eclesiástica evitaba prácticas idólatras que tenían la finalidad de fomentar la fecundidad de los campos y de los rebaños (Rumbo, 2003:41).

Con el paso del tiempo, estas comparsas comenzaron a desviarse de su sentido pedagógico original en el contexto de la procesión religiosa de Corpus. Los entremeses, cada vez más lúdicos y profanos, se iban alejando del decórum y respeto que imponía la jerarquía católica, por lo que acabaron derivando en la Bulla del Santísimo Sacramento, preludio de la actual Patum (Generalitat, 2004:19). Estos aires festivos provocaron un hecho contradictorio. La Iglesia, artífice de la cristianización de estas manifestaciones y por lo tanto protectora de los mismos, a partir del siglo XVIII, comenzó a repudiarlos cuando observó que ya no podían acometer la función a la que estaban destinados (aleccionar e instruir moralmente al pueblo en la ortodoxia católica). Esta persecución afectó gravemente a la gran mayoría de comparsas de Corpus en Catalunya, provocando su desaparición. En el caso de Berga, las prohibiciones y decretos restrictivos por parte de la Iglesia y del poder civil, generaron un proceso de transformación y reinvención de la Patum-Bulla con la función de hacerla sobrevivir.

El origen de la Patum puede buscarse en prácticas y cultos de carácter pagano, practicados por sociedades antiguas, agrícolas y ganaderas (Rumbo, 2003:42).

El culto a la divinidad solar podría ser una de las posibles raíces de algunos de los entremeses primigenios de la Patum. Las comparsas de Diables (Maces y Plens) y la Mulassa (Guites), protagonistas pirotécnicos de la celebración, utilizan el fuego, considerado como un elemento mágico, divino y sagrado por la práctica totalidad de culturas antiguas. El fuego, símbolo de vida y de regeneración, pudo ser utilizado por el ser humano como la imitación más perfecta que podía hacer del sol, y por extensión, de la divinidad (Rumbo, 2003:22). El fuego de los Diablos representaría simbólicamente el control y el dominio del mismo y la Mulassa, representaría la vertiente caótica y descontrolada del mismo elemento (Rumbo, 2003:28-29). Los colores rojo y verde son además los absolutos protagonistas de las vestiduras de estas comparsas. El rojo simboliza al fuego y el verde a la naturaleza (Rumbo, 2003:28). El uso del fuego y de estos colores, permite vislumbrar parte de los orígenes paganos de la Patum y como el fuego, purificador de las cosechas en las sociedades 
primigenias, se convirtió en fuego purificador de la fe en la sociedad cristiana y fuego purificador de la comunidad local en la actualidad (Rumbo, 2003:28).

Las manifestaciones rituales de carácter ganadero son también un posible origen de las comparsas de los Turcs y Cavallets y nuevamente de la Mulassa. En el caso de los Cavallets, su origen podría encontrarse en primitivas danzas en honor a divinidades ganaderas. Posteriormente, éstas pasaron a ser interpretadas como símbolos de las luchas entre la Cruz y la Media Luna tras un proceso de asimilación y adaptación cristiana. Pasaron de ser unas danzas tribales ganaderas para representar posteriormente unas luchas religiosas (Rumbo, 2003:42). El concepto de "turco" se consolidó en el siglo XVI como el del Mal, el del enemigo a derrotar por el Bien, por los caballeros cristianos (Rumbo, 2003:61). Esta interpretación histórico-religiosa, fue fuertemente difundida y propagada durante el periodo de potenciación de la Patum (Noguera, 1992:77) por eruditos e intelectuales locales y foráneos, que en clave romántica, mitificaron el motivo fundacional de la festividad (Farràs, 1992:38), mito que ha llegado hasta la actualidad.

Otra de las manifestaciones del bestiario animal patumaire es la Mulassa, figura que también muestra pervivencias de cultos paganos y ganaderos donde eran invocadas divinidades animales. De entre la multitud de interpretaciones que ha generado el estudio de sus orígenes, parece ser que la Mulassa era un símbolo ganadero para las sociedades precristianas, y que tras un periodo de cristianización, la mula, junto al buey pasaron a simbolizar el entremés festivo de la Natividad (Nacimiento de Cristo) en los primeros tiempos de la procesión de Corpus (Rumbo, 2003:48). Con el paso del tiempo, la tradición romántica en Berga, en plena época de potenciación de la Patum (1887-1891) (Noguera, 1992:77), identificó a la figura de la Mulassa con la del caudillo moro Abul-Afer o Bullafer, según la transcripción efectuada por Jacint Vilardaga (Farràs, 1992:18). La Mulassa, alocada y descontrolada, de esta manera, se convertía en representante del Mal, materializado en la figura del caudillo moro Bullafer (Farràs, 1992:13). Estas explicaciones legendario-míticas propias del Romanticismo acerca de los orígenes de la comparsa, están muy alejadas de la realidad.

Los orígenes de la comparsa del Àliga son todavía un misterio para muchos autores. La figura del águila, podría haber simbolizado la idea de justicia (Amades, 1972:76-77) y en el contexto del Corpus, la figura de San Juan Evangelista (Farràs, 1992:13). Esta comparsa aristocrática y distinguida, fue la representante simbólica de villas y ciudades en el exterior, tanto en Berga como en el resto de localidades catalanas. La primera referencia documental de la existencia de esta comparsa en Berga data de 1756, aunque no se sabe con seguridad cuál era su función en la Bulla-Patum, es decir, si participa activamente o no en ésta. Parece ser que el Àliga en un principio, tan sólo participaba en la procesión religiosa, incorporándose posteriormente al conjunto de la Bulla-Patum (Rumbo, 2003:73) hasta la actualidad.

El entremés patumaire de los Diablos (Maces y Plens) podría descender de cultos paganos de carácter agrario, rituales que invocaban a divinidades vegetales con la función de fomentar la fecundidad de la tierra (Rumbo, 2003:50). Los Diablos patumaires acogen en un seno un claro ejemplo de sincretismo de elementos precristianos y cristianos, que los relaciona con divinidades vegetales y fuerzas de la naturaleza. La figura de los hombres del bosque podría ser uno de los orígenes de los Plens de la Patum. La vidalba y las máscaras demostrarían el mantenimiento de antiguos elementos agrarios en éstos (Rumbo, 2003:51). Tras un proceso de cristianización, y con anterioridad incluso a la época de institucionalización del Corpus, estas divinidades vegetales pasaron a convertirse en discípulos del Diablo. Parece ser que sus primeras manifestaciones en clave cristiana fueron a través de bailes de diablos. Esto demostraría que el origen de esta comparsa no es encuentra en el contexto del Corpus Christi, sino que la procesión fue una etapa más en esta evolución de tradiciones heredadas desde tiempos remotos (Rumbo, 2003:51-54).

A diferencia de las figuras de Diablos de muchas poblaciones catalanas, los Plens de Berga presentan una forma muy primitiva, a medio camino entre los hombres del bosque y los demonios, como si se tratase de un híbrido o de un homínido dantesco a medio evolucionar (Rumbo, 2003:55).

La separación definitiva entre Maces y Plens, no se produjo en el contexto de la Patum de Berga hasta la primera mitad del siglo XX, diferenciación que sí se había establecido en el entremés de Diablos en otras poblaciones catalanas, a partir de los siglos XVI y XVII (Rumbo, 2003:56-59).

El origen de la comparsa de los Gegants podría haber versado en la cultura popular, entre el deseo de imitar y el de reproducir imágenes de personajes reales o alegóricos (Rumbo, 2003:79). Tras un proceso de cristianización, representaron a figuras bíblicas o a figuras de grandes dimensiones que acompañaban a personajes bíblicos en los primeros tiempos del Corpus (Rumbo, 2003:79). La primera prueba documental que demuestra la participación de gigantes en la Bulla de Berga, con características similares a la de los actuales, data de 1695 (Rumbo, 2003:79). Éstos fueron conservados hasta 1867, año en que fueron sustituidos por los actuales Gegants Vells. En 1891, entraron en escena los Gegants Nous como último acto importante de potenciación de la Patum (Rumbo, 1995:33).

La tradición romántica en Berga, interpretó de la mano de sus intelectuales, los orígenes de la comparsa desde un punto de vista mítico y legendario. Los Gegants, fueron identificados con la figura del caudillo moro Bullafer, en un intento de demostrar que el motivo fundacional de la fiesta fue la conmemoración de la victoria bergadana, representante del Bien, contra la invasión extranjera y mora , representante del Mal, en tiempos de la Reconquista. Esta interpretación fue producto de una mitificación en clave romántica que ha llegado hasta nuestros días.

Se desconocen en gran medida los orígenes de la comparsa de los Nans. Las últimas investigaciones al respecto, apuntan que su origen podría relacionarse con las figuras de cabezas y máscaras que representaban a figuras bíblicas y apóstoles en la procesión de Corpus durante la Edad Media (Rumbo, 2003:86-87). Parece ser también que en Catalunya, se encuentra documentada la presencia de nans en la festividad con la función de abrir paso a los gigantes entre la gente, en la línea de figuras antiguas como los hombre del bosque o los "esparriots" (Rumbo, 2003:88).

La comparsa de los Nans es la de última incorporación a la fiesta. Los Nans Vells fueron introducidos en el año 1853 y los Nans Nous en 1890 (Rumbo, 2003:88).

El Tirabol, punto y final de la Patum, fue hasta el periodo de masificación vivido por la fiesta, desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, el salto más participativo de todos, el único momento de participación real en la fiesta (Rumbo, 2003:115).

Aprofundiment: 

Los orígenes de la Patum en su forma de comparsería, se remontan al marco festivo de la procesión religiosa del Corpus Christi, manifestación festiva que, desde el siglo XIV hasta el siglo XX (1), desfiló y mostró al pueblo el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en gran parte de la geografía cristiana (2). Sin embargo el origen primigenio de estas comparsas, con toda probabilidad, no fue cristiano. Tal y como apunta la folklorista Bienve Moya (3) (Amades, 1983:6-7), la Iglesia utilizó gran parte del imaginario festivo animal y vegetal existente en las prácticas y ceremonias populares de carácter agrícola y ganadero para transformarlas en herramientas de introducción de su doctrina en el pueblo (ya que) es difícil crear un sistema nuevo de comunicación que no tenga antecedentes en otros sistemas que le hayan precedido (Amades, 1983:7). La Iglesia, en su afán por cristianizar en una línea ortodoxa y canónica acorde con la jerarquía católica, lo que hizo fue utilizar el substrato festivo anterior ya que era de fácil lectura para la mayoría (Amades, 1983:7).

Según Albert Rumbo, antes de la irrupción del cristianismo en Occidente, las manifestaciones religiosas populares estaban relacionadas íntimamente con las prácticas agrícolas y ganaderas, es decir, su finalidad era fomentar la fecundidad de los campos y de los rebaños. Podría ser que a su vez, estas prácticas hubiesen derivado de otras de carácter cazador-recolector (Rumbo, 2003:41). En las culturas es usual que unas manifestaciones religiosas se impongan sobre otras, asimilando lo inmediatamente anterior con la finalidad de homogeneizar culturalmente a toda la población a la que van dirigidas estas prácticas. Aunque la documentación existente sobre la comparsería de la Patum data sus orígenes en la Edad Media, los entremeses podrían tener un origen más remoto y pagano, reconducido y readaptado por la Iglesia en función de sus necesidades, es decir, para evitar todo tipo de idolatría (Rumbo, 2003:41).

En palabras de Rumbo, es probable que los primeros entremeses de la Patum de Berga no sean más que la cristianización pertinente de los ídolos adorados por las pretéritas comunidades que habitaban estos parajes (Rumbo, 2003:41), ya que la manifestación religiosa más moderna que en términos de tiempo ha sido practicada en el Mediterráneo, ha sido la religión cristiana (Amades, 1983:6).

Sin embargo, con el paso del tiempo, estos entremeses comenzaron a tomar otro camino, comenzaron a perder su sentido pedagógico original. En sus inicios, estos entremeses tenían la función de aleccionar e instruir moralmente al pueblo en la ortodoxia católica y en contra de toda práctica considerada herética por la jerarquía eclesiástica. Los entremeses, en un acercamiento a la sociedad civil, y por lo tanto a lo profano y a lo lúdico, acabaron derivando en la Bulla del Santísimo Sacramento, preludio de la actual Patum (Generalitat, 2004:19). Ante el espectacular éxito de estas comparsas entre el pueblo y su falta de decórum y de respeto hacia el Santísimo, la Iglesia decidió iniciar una cruzada de mortales consecuencias contra este tipo de manifestaciones festivas, en forma de decretos y prohibiciones reales y eclesiásticas. Este ambiente represivo fomentado por la Iglesia y por el poder civil en la época ilustrada (siglo XVIII), hirió de muerte y provocó la desaparición de la gran mayoría de comparsas de Corpus de las poblaciones catalanas del momento.

La Iglesia, artífice de la reelaboración y adaptación en clave cristiana de estos entremeses, los acabó rechazando y repudiando cuando observó que éstos podían contener una "lectura" o "sublectura" que no convenía a sus propósitos. La Iglesia apartó de las procesiones a los entremeses, haciéndolos desaparecer o situándolos separadamente de ésta en su comienzo o a su final, en definitiva, alejados de lo que se entendía como "esencial" o "trascendental" en la manifestación festiva, la procesión estrictamente religiosa (Amades, 1983:7). Según Moya, la jerarquía católica en el siglo XVIII, consideró que aquello que el pueblo estimaba era una manifestación profana y de poca importancia, susceptible de ser erradicada (Amades, 1983:7).

La Bulla-Patum de Berga en cambio, no sólo no desapareció sino que comenzó a experimentar un proceso de transformación, reinvención y mitificación de sí misma para poder sobrevivir dentro de este marco restrictivo, proceso que culminó con su potenciación a finales del siglo XIX (1887-1891) (Noguera, 1992:77) y posterior evolución hasta su forma actual.

El origen de la Patum y de sus comparsas se encuentra probablemente en el marco de algunas ceremonias y cultos de carácter pagano, practicados por sociedades primigenias, agrícolas y ganaderas. Estos cultos, encontraron finalmente en la procesión del Corpus el contexto idóneo para seguir existiendo, como aglutinador de toda una serie de prácticas paganas diversas (Rumbo, 2003:42).

El culto a la divinidad solar según Albert Rumbo podría ser una de las raíces posibles de los entremeses primigenios de la Patum (Diables, Plens y Mulassa). El fuego, descendiente directo del sol, ha sido un elemento que siempre ha fascinado al ser humano como símbolo de poder. El fuego es sagrado porque simboliza el Bien, ya que es vida, color, luz y orden y también al mismo tiempo simboliza el Mal, ya que también quema, destruye y es caos. El fuego es también mágico porque tiene la capacidad de transformar y es eterno por su carácter divino y sagrado (Rumbo, 2003:21-23). El fuego, que es elemento sagrado, símbolo de vida y de regeneración, ha sido utilizado por el ser humano como la imitación más perfecta que podía hacer del sol, y por extensión, de la divinidad (Rumbo, 2003:22). Estos cultos, que en un principio formaban parte del ámbito religioso, pasaron también a formar parte de lo popular y festivo, pudiéndose constatar como el fuego desde antiguo, ha sido el protagonista esencial de muchas manifestaciones festivas catalanas.

En una de las múltiples definiciones de la Patum, ésta ha sido definida como la gran fiesta del fuego (Rumbo, 2003:22), ya que marca el inicio y el final de los ciclos temporales en Berga, es su calendario natural (Rumbo, 2003:27). El elemento primigenio del fuego (4) se observa en algunas de las comparsas más antiguas de la Patum, en sus Diablos (Maces y Plens) y en la Mulassa (Guites), verdaderos protagonistas pirotécnicos de la celebración. Los Diablos, representarían simbólicamente el dominio del fuego y la Mulassa, sería la representación del fuego caótico e incontrolado (Rumbo, 2003:28-29). Los primeros, en su forma de Maces, actúan en un marco concreto (plaza de Sant Pere y Plaza del Dr. Dou) y de forma controlada. El fuego de los Plens está también bajo control ya que no puede abandonar el contexto espacial de la Plaza de Sant Pere. Este carácter de control es el que permite a Rumbo afirmar que el fuego de los diablos representaría el fuego purificador sobre la tierra y las cosechas (Rumbo, 2003:29). Éste sería el fuego purificador, el fuego que renueva, el fuego del Bien. En cuanto a la Mulassa, su fuego representaría el caos, el Mal, la locura y la transgresión del marco espacial que la acoge en la representación. Sus movimientos no están sometidos a ningún tipo de control. Es el fuego infernal, el fuego de la Media Luna, el fuego del Mal (Rumbo, 2003:29).

Tanto los Diablos (5) en su forma actual de Maces o Plens y la Mulassa, portan como colores protagonistas en sus vestidos al rojo y al verde, colores que representan al fuego (rojo) y a la naturaleza (verde) (Rumbo, 2003:28). El rojo, color que simboliza a la perfección el concepto del fuego agrario, elemento esencial de antiguos ritos ganaderos y agrícolas, permite vislumbrar parte de los orígenes paganos de la Patum, y el fuego, entendido por las sociedades precristianas como purificador de las cosechas, tras un proceso de cristianización pertinente, pasó a ser fuego purificador de la fe y en la actualidad se ha convertido en fuego purificador de la comunidad local (Rumbo, 2003:28).

Otro de los orígenes de raíz pagana que pueden buscarse en la comparsería de la Patum, se encuentra en las manifestaciones festivas primitivas en honor a los rebaños. Las comparsas de los Turcs y Cavallets y la Mulassa, podrían descender de determinadas ceremonias de carácter ganadero, que tenían la función de invocar a divinidades animales.

El origen de los Cavallets, podría buscarse en las primitivas danzas en honor a divinidades ganaderas que tras la adaptación cristiana efectuada por la Iglesia, pasaron a ser interpretadas como símbolos de las luchas entre la Cruz y la Media Luna. Pasaron de ser unas danzas tribales ganaderas para representar posteriormente unas luchas religiosas (Rumbo, 2003:42). Esta afirmación, se basa en la constatación de que en el pasado conservaban rastros de pervivencias ancestrales que los relacionaban con este tipo de ceremonias. Estos rastros remotos han desaparecido en la actualidad de la comparsa. Una de estas muestras estaría documentada en 1383, y demostraría el uso de cascabeles por parte de los Cavallets. En este texto se demuestra también que con toda probabilidad, los Turcs todavía no formaban parte de la comparsa (no aparecen citados en este documento), ya que su incorporación, más tardía, podría haber correspondido al momento en que el baile tenía como finalidad específica, representar la escena medieval de lucha interreligiosa (Rumbo, 2003:42). Otro de los ejemplos de pervivencia ancestral también desaparecida de la comparsa, es el uso de bastones por parte de los Cavallets, pervivencia que puede observarse en fotografías antiguas conservadas del siglo XIX. Cavallets, cascabeles y bastones, serían tres elementos que podrían considerarse restos de celebraciones rituales paganas (Rumbo, 2003:45) y de ceremonias ganaderas (Amades, 1972:110).

En la actualidad este entremés muestra referencias muy similares a las que se encuentran en las luchas de moros y cristianos, clásicas en el levante peninsular (Amades, 1972:84). En gran parte de Catalunya y en Berga, a partir del siglo XVI, el papel del Mal en la lucha atávica de este entremés, pasó del "moro" al "turco", probablemente debido a que Catalunya no sufrió las violentas contiendas bélicas que sí sufrieron otras zonas de la Península (Amades, 1972:84). El concepto de "turco" se consolidó en el siglo XVI como el del Mal, el del enemigo a derrotar por el Bien, por los caballeros cristianos (Rumbo, 2003:61). Esta interpretación histórico-religiosa, fue fuertemente difundida y propagada durante el periodo de potenciación de la Patum (Noguera, 1992:77) por eruditos e intelectuales locales y foráneos, que en clave romántica, mitificaron el motivo fundacional de la festividad (Farràs, 1992:38), mito que ha llegado hasta la actualidad.

La Mulassa es otra de las comparsas que forma parte del bestiario animal de la Patum y que muestra pervivencias de cultos paganos y ganaderos. En estas ceremonias eran invocadas divinidades animales. Los orígenes de esta comparsa han generado una multitud de interpretaciones diversas. Algunos autores han visto en el largo cuello de la Mulassa-Guita un simbolismo fálico, relacionado con danzas de fecundidad y de fertilización (Farràs, 1992:61). Otra de las teorías sobre su origen afirma que la Mulassa era un símbolo ganadero y que tras la readaptación cristiana, pasó a simbolizar a la mula del nacimiento de Cristo. La mula junto con el buey, desfilaba en el entremés festivo de la Natividad en los primeros tiempos de la procesión religiosa del Corpus (Rumbo, 2003:48). Podría ser también que las figuras del buey y la mula en la procesión, hubiesen sido situadas al comienzo de ésta con la función de apartar a la gente y proteger a la Custodia (Amades, 1972:83).

Según Jan Grau, tanto la mula como el buey fueron utilizados por el cristianismo por su condición de esterilidad en correspondencia a San José y la Virgen, condición por la cual fueron adorados en la antigüedad como propiciadores de fertilidad (Rumbo, 2003:48). Otra de las teorías que explican la razón por la cual las Mulasses festivas lanzan fuego por su boca de una manera violenta y descontrolada, es por el castigo divino que se le fue impuesto a la mula de la Natividad, por la indiferencia absoluta que mostró ante el Niño Jesús después de su nacimiento (Rumbo, 2003:48). De todas las Mulasses catalanas, la única que ha conservado la forma original de Mulaguita ha sido la de de Berga.

La tradición romántica en Berga, identificó a la Mulassa con el caudillo moro Abul-Afer o Bullafer, según la transcripción realizada por Jacint Vilardaga (Farràs, 1992:18). Esta identificación pudo deberse según Jaume Farràs, porque la Guita es una de las comparsas más representativas de la Patum. Su carácter alocado y trangresor, permitió su identificación con la propia Patum, es decir con la Bulla, el jolgorio, el bullicio y el ruido. Bullafer, desde una perspectiva filológica, podría analizarse como fer-Bulla (hacer Bulla), por lo que la Mulassa de este modo, cumpliría un doble cometido: simbolizaría por sí misma a la Patum y además sería representante del Mal, encarnizado en la figura del caudillo moro Bullafer (Farràs, 1992:13).

Con toda probabilidad, las explicaciones legendario-míticas del Romanticismo sobre la comparsa están muy alejadas de la realidad. La Mulassa-Guita es la primera comparsa de la Patum conocida y documentada (Rumbo, 2003:64) y se considera como la más primitiva (Amades, 1972:111). Su primera referencia documental en Berga, data de 1626 y parece ser que desde entonces no ha evolucionado demasiado ni en cuanto a su estructura ni en cuanto a su acompañamiento musical (es la única comparsa que no dispone de música propia y que danza al ritmo del Tabal). El único 
cambio significativo que ha sufrido la comparsa, ha sido la introducción de la Guita Xica o Boja por el Ayuntamiento en 1890 (Rumbo, 2003:65).

Los orígenes de la comparsa patumaire del Àliga no están del todo claros para muchos autores. Según Amades, la figura animal del águila (6) podría analizarse según los postulados de la zoología mística de Charles Cahier. El águila sería uno de los animales escogidos para representar virtudes como la justicia (Amades, 1972:76-77) y en el contexto del Corpus, la figura de San Juan Evangelista (Farràs, 1992:13). Esta comparsa festiva, considerada la más aristocrática y distinguida de la Patum, fue la representante simbólica de villas y ciudades en el exterior, no sólo en la localidad bergadana sino también en el resto de poblaciones catalanas. La comparsa del Àliga era la más privilegiada de todos los entremeses festivos: era la única que podía bailar en el presbiterio de la Iglesia y era guardada y custodiada en un lugar diferenciado del resto de comparsas (Casa de la Villa) (Rumbo, 2003:73).

La primera referencia documental de la existencia de la comparsa en la Patum bergadana data de 1756 (7) y se desconoce cuál era su función en la procesión religiosa, es decir, si participaba o no en la Bulla. Parece ser que, según Rumbo, en sus comienzos el Àliga bergadana sólo participaba en la procesión religiosa y que posteriormente fue incorporada al séquito de la Bulla-Patum (Rumbo, 2003:73). En cuanto a su evolución en el tiempo, los cambios más notorios han sido los que hacen referencia a los cambios de corona y a la restauración de sus ojos en los años cincuenta (Rumbo, 2003:74-75).

Los cultos paganos de carácter agrario, podrían ser la raíz de una de las comparsas más emblemáticas de la Patum, la de los Diablos (Maces y Plens). Los Diablos podrían remitir a las divinidades que eran invocadas en las ceremonias paganas agrarias celebradas por culturas antiguas. La función de estos cultos era invocar la fecundidad de la Tierra (Rumbo, 2003:50). Los Diablos patumaires y en especial los Plens, son una muestra clara de pervivencias precristianas y cristianas, sincretismo que los relaciona con divinidades vegetales y fuerzas de la naturaleza. Según Farràs, el salto de Plens muestra a verdaderas divinidades vegetales (que) vestidas de demonios y cubiertas de fuego, no nos sugieren otra cosa más que una antigua ceremonia de regeneración de la naturaleza reinterpretada posteriormente (Farràs, 1992:62). Los Plens patumaires son figuras de carácter agrario porque remiten a la vegetación y a la naturaleza, pero también lo son de carácter mágico porque están relacionados con la sacralización del fuego y de la naturaleza. Estas ideas están materializadas en sus fuets (rojo-fuego) y en la vidalba (verde-naturaleza) (Rumbo, 2003:50).

Los Plens de la Patum podrían provenir de la figura de los hombres del bosque (8), siendo la vidalba y las máscaras los elementos que demostrarían el mantenimiento de antiguos elementos agrarios en éstos (Rumbo, 2003:51). Estas divinidades vegetales, tras un proceso de reelaboración y adaptación al cristianismo, acabaron transformándose en discípulos, acólitos de Satanás (9). Una cita documental, corrobora que la cristianización de estas divinidades vegetales en Diablos, se produjo con anterioridad a la institución del Corpus, específicamente en 1150, en el banquete conmemorativo de las bodas de Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona y Petronila de Aragón. Esto demostraría que el origen de esta comparsa no se encuentra en el Corpus Christi, sino que éste fue una etapa más en la evolución de tradiciones heredadas desde tiempos remotos (Rumbo, 2003:51-54).

A diferencia de las figuras de Diablos de muchas poblaciones catalanas, los Plens de Berga presentan una forma muy primitiva, a medio camino entre los hombres del bosque y los demonios, como si se tratase de un híbrido o de un homínido dantesco a medio evolucionar (Rumbo, 2003:55). Una de las razones que podría explicar esta diferencia, es que en Berga, el clásico entremés de Corpus del Infierno, tuvo un menor desarrollo que en la Cataluña Nueva.
Los Plens conservan tres elementos que demostrarían sus raíces paganas y agrarias: la máscara o carota, la tipología de fuet y la vidalba (Rumbo, 2003:55).

En cuanto a la evolución de las comparsas de los Diablos en la Patum, también existen diferencias respecto a las manifestaciones de otras poblaciones catalanas. A partir del siglo XVI, gran parte de las representaciones de Diablos en la Cataluña Nueva incorporaron la palabra en sus escenificaciones, lo que provocó que en la siguiente centuria, se produjese una diferenciación entre la manifestación pirotécnica (equivalente a los Plens bergadanes) y la teatral (equivalente a las Maces). Esta separación no se produjo en Berga hasta la primera mitad del siglo XX, época en la que se estableció la diferenciación definitiva entre Maces y Plens (Rumbo, 2003:56-59). El cambio más espectacular vivido por la comparsa de los Diablos en su forma de Plens, ha sido el aumento de su número, pasando de cuatro a principios de siglo a los cien que en la actualidad actúan en cada salto (Rumbo, 2003:59).

Establecer el origen de las comparsas de apariencia antropomorfa de la Patum, es un tanto controvertido. Los Gegants, al igual que los Nans, son figuras festivas que han cosechado un gran éxito no sólo en la práctica totalidad de manifestaciones festivas catalanas sino también en otras culturas. Los orígenes de los Gegants, podrían versar entre el deseo de imitar y el de reproducir imágenes de personajes reales o alegóricos (Rumbo, 2003:79). Jaume Farràs apunta tres orígenes posibles. El primero sería bíblico, siendo éstos los descendientes de la unión sobrenatural de la tribu de los Elohim con las hijas de humanos. El segundo sería, el que afirma que los Gegants provendrían de diversas especies vegetales que evolucionaron hacia formas humanas. El tercero especularía sobre aspectos que los relacionan con la idea de renovación de la vida a través de la energía vital (Farràs, 1992:61).

Los Gegants tras un proceso de cristianización, en los primeros tiempos del Corpus, representaron a figuras bíblicas o a figuras de grandes dimensiones que acompañaban a personajes bíblicos (10) (Rumbo, 2003:79). Aunque es en un inventario de la sacristía de Berga en 1472 cuando aparece por primera vez documentada la existencia de un gigante (San Cristóbal) en la procesión bergadana, no será hasta 1695, cuando en Berga se encuentre documentada la participación de la figura de un gigante con características similares a las de los actuales (Rumbo, 2003:79). Estos Gegants fueron conservados hasta 1867, año en que fueron sustituidos por los actuales Gegants Vells (Rumbo, 2003:82) incorporándose los Gegants Nous a la fiesta en 1891, último acontecimiento importante de potenciación de la Patum (Rumbo, 1995:33).

A finales del siglo XIX, en plena época de potenciación de la Patum, los orígenes de los Gegants fueron interpretados desde puntos de vista legendarios y míticos, muy del gusto romántico de la época. Según esta interpretación, los Gegants de la Patum representaban al caudillo moro Bullafer, es decir al Mal simbolizado en la Media Luna, y sus bailes eran una mofa del pueblo bergadán hacia este personaje. Esta interpretación puede rebatirse fácilmente ya que existen diversos ejemplos documentales y gráficos que contradicen la visión romántica de los orígenes de la comparsa. El primer ejemplo es una acuarela de Ferran de Sagarra de 1838, que muestra a los Gegants anteriores a los Vells portando una boina carlista. El segundo ejemplo es una fotografía fechada en 1868 que muestra a los Gegants Vells sin vestidos sarracenos ni ningún detalle de cariz musulmán u oriental (Rumbo, 2003:82). El tercer ejemplo es un documento de 1725, donde aparece la primera interpretación sobre la Patum de Berga (Noguera, 1992:18-19), en este caso religiosa. En este texto, aparece citada la presencia de gigantes sin ninguna referencia al mundo musulmán. Por esta razón según Rumbo, los Gegants de Berga como los del resto de Catalunya desde su origen, debieron representar personajes autóctonos que se fueron transformando en caudillos sarracenos (...) para celebrar la victoria en la Guerra de África (Rumbo, 2003:84).

El origen de la comparsa de los Nans es en gran parte desconocido. De todas maneras, las últimas investigaciones al respecto han desvelado que su origen podría remontarse a la Edad Media y situarse en la evolución de las cabezas y máscaras que representaban a apóstoles y figuras bíblicas en la procesión de Corpus (Rumbo, 2003:86-87). La existencia de este tipo de máscaras se encuentra documentada en 1380 y en 1467 en las procesiones de Corpus de Barcelona, y en 1589, fue documentada una pareja de "enanos" en el Corpus valenciano (Rumbo, 2003:87). En Catalunya, los Nans que participaban en las procesiones, tenían la función de abrir paso a los gigantes entre la gente, es decir, funcionaban como elementos de orden. Esta función podrían haberla heredado de figuras más antiguas como los hombres del bosque o los "esparriots" (Rumbo, 2003:88).

La primera fuente documental que cita la existencia de Nans en Berga, data de 1853, en referencia a la introducción dels Nans Vells a la fiesta, siendo 1890, la fecha de introducción dels Nans Nous a la misma (Rumbo, 2003:88). Según Farràs, su introducción pudo deberse a una especie de farsa irónica que el pueblo habría pretendido hacer a la burguesía distinguida de la época (Farràs, 1992:19). Los Nans, fueron el último elemento incorporado a la comparsería de la Patum (Rumbo, 2003:92).

El Tirabol, punto y final de la Patum, fue hasta el periodo de masificación vivido por la fiesta, desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, el salto más participativo de todos, el único momento de participación real en la fiesta (Rumbo, 2003:115).